Las trémulas llamaradas, que el fuego de la chimenea despedía,
hacían oscilar fantásticamente, sobre las paredes del aposento, la
sombra del viejo don Alejandro. Arrebujado éste en un sillón, al
lado del ancho hogar, procuraba calentar su cuerpo, entumecido, no
tanto por el mal tiempo que a la sazón hacía, cuanto por los años y
penas que sobre él pesaban. Pero, a pesar de su proximidad al fuego,
sentía frío.
¡Cuántas noches pasara largas horas en el mismo sitio, fija la
mirada en la rojiza lumbre! A veces, los encendidos leños asumían
formas que su imaginación trocaba en personas y sucedidos reales, y
de esa manera convertía aquel hogar en escenario, en el cual se
representaba a menudo el tétrico drama de su vida.